Considerado durante siglos como el rey de las piedras preciosas, el rubí mantiene una posición privilegiada dentro de la alta joyería gracias a su escasez, intensidad de color y creciente demanda entre coleccionistas y casas joyeras.
De acuerdo con el Gemological Institute of America (GIA), el rubí es la variedad roja del mineral corindón y puede alcanzar los precios por quilate más altos entre todas las gemas de color, incluso superando en algunos casos al diamante. Su característico tono rojo proviene de pequeñas cantidades de cromo presentes durante su formación geológica.
El color es el principal factor que determina su valor. Los ejemplares más apreciados presentan un rojo intenso con ligeros matices violáceos, conocido en el mercado como Sangre de Paloma (Pigeon Blood), una clasificación comercial asociada principalmente a rubíes de Myanmar. Sin embargo, GIA precisa que la calidad de una gema depende de sus características individuales y no exclusivamente de su origen geográfico.
Provenientes de Mozambique, Sri Lanka, Tailandia, Vietnam y Madagascar, cada rubí que hay en el mercado tiene tonalidades y niveles de transparencia particulares. Con una dureza de 9 en la escala de Mohs, solo por debajo del diamante, el rubí es una de las gemas más resistentes para el uso cotidiano, razón por la cual es frecuente en anillos, collares y piezas de alta joyería. Según GIA, la mayoría de los rubíes naturales disponibles en el mercado ha recibido tratamientos térmicos para mejorar su color o transparencia, mientras que los ejemplares sin tratamiento son considerablemente más escasos y alcanzan valores superiores.

